Con la mira puesta en 2027, el mandatario de Buenos Aires llega a la cuna del sentimiento anti-K para medir fuerzas y tejer alianzas con el sindicalismo nacional.
Axel Kicillof cruzará las fronteras bonaerenses este viernes para aterrizar en Córdoba, una provincia que históricamente le ha dado la espalda al peronismo de cuño kirchnerista. Lo hará bajo el ala de Héctor Daer en un congreso gremial, en lo que representa un movimiento estratégico para romper el aislamiento y demostrar que su proyecto político tiene alcance nacional, más allá de la General Paz.
El desafío no es menor: Córdoba es el bastión donde Javier Milei arrasó y donde el peronismo local de Martín Llaryora se mueve con una autonomía que incomoda a cualquier dirigente porteño. Kicillof llega con la premisa de no hacer olas, evitando fotos que comprometan al gobernador cordobés, pero con la intención clara de seducir a intendentes y militantes que buscan una alternativa al ajuste nacional.
La visita se produce en un momento de máxima tensión salarial en su propia casa, lo que suma presión a este viaje de «construcción federal». Mientras en La Plata se discuten paritarias, en Córdoba el gobernador buscará mostrarse como la cara visible de un frente que pueda aglutinar el voto opositor, intentando recuperar el terreno que el espacio perdió en las últimas elecciones generales.
El hermetismo sobre su agenda vespertina revela lo delicado del terreno: cualquier gesto de más podría ser interpretado como una provocación en un territorio que hoy parece impenetrable. Sin embargo, el bonaerense apuesta a que el malestar con las políticas de la Casa Rosada sea el puente necesario para conectar con un electorado que, hasta ahora, le ha resultado esquivo.
¿Logrará Kicillof romper la desconfianza del interior profundo o quedará atrapado en la etiqueta de dirigente del AMBA que no logra cruzar la frontera de la provincia?
