Mientras la justicia le pisa los talones por presunto enriquecimiento ilícito, el Presidente lo deja a cargo del país y desata una interna feroz.
La casta parece haber encontrado un nuevo refugio en la Jefatura de Gabinete. En un gesto que desafía cualquier lógica de transparencia, Javier Milei decidió irse nuevamente de viaje a Estados Unidos y entregarle las llaves de la gestión a Manuel Adorni, el funcionario más cuestionado del momento, ignorando el fuego amigo que ya empezó a quemar dentro de la propia Casa Rosada.
El malestar entre los ministros es un secreto a voces que nadie se anima a gritar. Ver a la esposa de Adorni en viajes oficiales y descubrir propiedades sospechosas mientras se le pide un ajuste brutal a los bonaerenses es una pastilla difícil de tragar. Sin embargo, el «León» obliga a todo su equipo a ponerse el traje de guardaespaldas para salvar a un hombre cuya imagen cae en picada semana tras semana.
Para colmo de males, la supervisión de Karina Milei no alcanza para calmar las aguas. La interna con Victoria Villarruel dejó un vacío que Adorni intenta llenar con reuniones de gabinete donde pretende que los demás ministros le rindan cuentas. ¿Con qué autoridad moral un funcionario investigado por la justicia le exige recortes de presupuesto al resto de las carteras?
En Zárate ya se preparan para recibirlo en la inauguración de una planta industrial, un escenario donde el ex vocero tendrá que poner la cara frente a una sociedad que empieza a cansarse de las explicaciones flojas de papeles. La lealtad ciega de Milei está poniendo a prueba la resistencia de un armado político que ve cómo el escándalo del «mimado» arrastra los números de todo el Gobierno.
La pregunta que circula por los pasillos bonaerenses es cuánto más aguantará el Gabinete este manoseo. Por ahora, el blindaje resiste, pero el costo político de mantener a Adorni en el centro de la escena podría ser el principio del fin para la mística de la transparencia libertaria.
