Mientras el Gobierno nacional pisa la caja y los municipios inventan tasas insólitas, miles de productores en Buenos Aires y Santa Fe ven cómo el agua se lleva puesto su laburo.
El campo argentino está explotando de bronca y no es para menos. Entre las lluvias que no dan tregua y una infraestructura que se cae a pedazos, la producción nacional quedó atrapada en una trampa de abandono estatal. En el norte de Santa Fe ya hay 700 mil vacas en peligro, mientras que en nuestra provincia los caminos rurales directamente desaparecieron, dejando a pueblos enteros aislados y a los camiones varados en el barro.
Lo que indigna a los productores es el destino de la plata. El Fondo Hídrico Nacional, que todos pagamos cada vez que cargamos combustible, tiene miles de millones de pesos durmiendo en una cuenta mientras las obras están frenadas. «Si no vas a hacer la obra, dejá de cobrarla», es el grito que recorre las redes sociales frente a una subejecución que roza lo criminal. Es una tomada de pelo que se recaude para infraestructura y se use para otra cosa mientras el agua entra a los pueblos.
Para colmo, la «creatividad» municipal no descansa. En Leones, por ejemplo, ya empezaron a cobrar 45 mil mangos por camión solo por pasar. Es un choreo a mano armada: el clima te destruye el camino, el Estado no lo arregla, y encima te fajan con una tasa nueva para poder sacar la cosecha. ¿En qué cabeza cabe seguir asfixiando al sector que trae los dólares mientras las rutas son un colador?
La política sigue en su nube: el gobierno nacional frena mil obras públicas por «ajuste» y la provincia de Buenos Aires advierte que reactivarlas va a salir el doble por el deterioro. En el medio, el productor está solo, peleando contra el barro y rezando para que no llueva más, porque sabe que si se queda encajado, nadie va a ir a rescatarlo.
¿Hasta cuándo van a seguir usando al campo de billetera sin devolverle ni un kilómetro de asfalto? La paciencia tiene un límite y el interior productivo ya dijo basta.
