En Borneo, miles de bomberos voluntarios combaten incendios forestales y focos subterráneos de turba que ya afectaron unas 200.000 hectáreas. La quema de estos ecosistemas libera gases y partículas contaminantes, mientras la neblina alcanza distintas ciudades del sudeste asiático.
A comienzos de septiembre, el cielo sobre Borneo comenzó a oscurecerse hasta adquirir una tonalidad amarillenta y densa. No era lluvia: una extensa capa de contaminación había cubierto la región y avanzaba más allá de las fronteras de Indonesia, llegando incluso a ciudades como Singapur, Manila y Kuala Lumpur.
Mientras la neblina se instala en el aire, el problema también se desarrolla debajo de los pies. En distintos puntos de la superficie todavía sale humo proveniente de incendios que avanzan lentamente por debajo del suelo.
“Es como gas lacrimógeno”, describe Dwi Sujatmoko, un bombero voluntario de 35 años. El humo irrita la nariz y provoca ardor en los ojos. Para quienes trabajan en las zonas afectadas, respirar se convirtió en una de las principales dificultades de una emergencia que lleva semanas.
Sujatmoko lleva más de un mes trabajando en medio de esa contaminación. Junto con miles de voluntarios, muchos de ellos pertenecientes a comunidades indígenas Dayak y Banjar, combate desde principios de julio los incendios que ya arrasaron unas 200.000 hectáreas de bosques y tierras agrícolas en la zona de Borneo que pertenece a Indonesia.
El fuego no se limita a las llamas visibles. En las profundidades del suelo, los incendios de turba continúan activos y generan grandes cantidades de humo tóxico.
“Una vez que un incendio se descontrola, perjudica a muchas personas. No solo a los seres humanos, sino también a los animales y las plantas”, sostiene Sujatmoko. Según explica, cuando un incendio subterráneo se extiende hasta quedar fuera de control, las pérdidas pueden ser enormes.
Las llamadas “bombas de carbono”
Indonesia atraviesa una grave crisis provocada por los incendios forestales. La situación se desarrolla en un contexto de sequía agravado por el fenómeno conocido como “super El Niño”, que favoreció la propagación de miles de focos en distintos puntos del país.
El humo generado por estos incendios alimentó una crisis de contaminación que se extendió por buena parte del sudeste asiático y que, según la información de la fuente, se convirtió en la peor situación de este tipo en más de una década en la región.
En Borneo, el escenario adquiere una dimensión particular debido a la presencia de uno de los mayores ecosistemas de turberas tropicales del planeta.
Se trata de una superficie de aproximadamente 4,5 millones de hectáreas de bosques y pantanos que, en condiciones naturales, funciona como un enorme reservorio de carbono acumulado durante miles de años.
Cuando estos terrenos son drenados o se incendian, el carbono almacenado puede liberarse rápidamente a la atmósfera en forma de dióxido de carbono, monóxido de carbono y metano. Por esa razón, estos ecosistemas reciben el nombre de “bombas de carbono” cuando pierden sus condiciones naturales y comienzan a arder.
La doctora Nisa Novita, investigadora especializada en turberas de la ONG indonesia Yayasan Konservasi Alam Nusantara (YKAN), explica que estos ambientes son particularmente eficientes para almacenar carbono debido a que permanecen saturados de agua. Esa condición ralentiza la descomposición y permite que el carbono quede retenido bajo tierra durante miles de años.
El problema aparece cuando las turberas se drenan o se queman: el carbono acumulado durante períodos extremadamente prolongados puede pasar rápidamente a la atmósfera.
Las turberas tropicales de Indonesia se encuentran entre los depósitos naturales de carbono más importantes del mundo. En Kalimantan, incluso se han encontrado capas de turba con una profundidad superior a los 20 metros.
Una turbera de esas dimensiones puede almacenar más de 6.000 toneladas de carbono por hectárea, una cantidad comparable a las emisiones anuales de dióxido de carbono de unos 4.800 automóviles. Cuando se incendia, advierte Novita, ese carbono acumulado durante milenios puede liberarse en poco tiempo.
Una nube contaminante que afecta la salud
Las consecuencias de los incendios ya se sienten en distintas partes del sudeste asiático. Miles de personas padecen irritación en los ojos y molestias en el pecho y la garganta como consecuencia de la contaminación.
En Indonesia, Brunéi, Malasia, Singapur y Filipinas, los niveles de contaminación atmosférica aumentaron hasta ubicarse en rangos considerados “insalubres”. En algunos casos, los registros llegaron a ser casi 75 veces superiores a los límites recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Al mismo tiempo, los ingresos hospitalarios relacionados con problemas respiratorios continúan aumentando.
Entre julio y agosto, el Ministerio de Salud de Indonesia contabilizó más de 50.000 casos de infecciones respiratorias vinculadas con incendios forestales y de tierras. Más de 12.000 de esos casos correspondieron a niños menores de cinco años.
Susan Page, profesora de la Facultad de Geología y Medio Ambiente de la Universidad de Leicester, lleva tres décadas estudiando las turberas de Asia. Según explica, quienes viven dentro de la zona afectada respiran los productos generados por los incendios subterráneos de turba.
La especialista advierte que entre esos contaminantes se encuentra el monóxido de carbono, además de partículas extremadamente pequeñas que pueden atravesar los alvéolos pulmonares y llegar al torrente sanguíneo. De acuerdo con su explicación, esa exposición puede provocar consecuencias en otras partes del organismo, incluidos problemas cardíacos.
“Vivir en este tipo de nube tóxica es extremadamente perjudicial para la salud”, señala Page.
Bomberos voluntarios en la primera línea
Las consecuencias son todavía más intensas para quienes trabajan directamente sobre los focos de incendio.
Los bomberos voluntarios se enfrentan a una tarea particularmente compleja: apagar incendios de turba requiere mucho más que controlar las llamas que pueden observarse desde la superficie.
En los últimos días, dos voluntarios murieron en Kalimantan Central. Según la información disponible, se cree que sus fallecimientos estuvieron relacionados con el deterioro de su salud mientras participaban de las tareas de extinción.
En medio de la contaminación, los equipos de emergencia trabajan para mantener las reservas de agua y evitar que los focos continúen avanzando.
Los voluntarios excavan estanques, canales y pozos sobre la turba seca para intentar garantizar agua suficiente. También colocan tuberías debajo de la superficie y construyen sistemas de riego improvisados con el objetivo de combatir incendios que muchas veces permanecen ocultos bajo tierra.
Algunos incluso descansan a pocos metros de los frentes de fuego para poder continuar trabajando durante la noche.
“Lo peor aquí ha sido el humo”, cuenta Fahrin Ramadhianto, otro bombero voluntario de Banjarbaru, en Kalimantan del Sur, una de las áreas más afectadas.
El olor, describe, recuerda al de la madera en descomposición cuando se quema. Se trata del aroma característico de la turba, formada por madera descompuesta y materia orgánica procedente de distintas fuentes.
El debate sobre el origen de los incendios
Los incendios en las turberas indonesias no constituyen un fenómeno reciente. Los especialistas vinculan la actual crisis con décadas de transformaciones en el uso de la tierra, un proceso que comenzó a profundizarse durante la era de Suharto, quien gobernó Indonesia entre 1967 y 1998.
Durante ese período, grandes extensiones de selva tropical y turberas de Kalimantan fueron destinadas a actividades de tala, plantaciones y proyectos de desarrollo a gran escala.
Sin embargo, históricamente las autoridades también han señalado a las comunidades locales por el uso del fuego para limpiar terrenos mediante métodos agrícolas tradicionales.
Las comunidades indígenas que hoy participan en las tareas de extinción han sido acusadas en distintas ocasiones de generar incendios a partir de esas prácticas.
Tono, representante del pueblo Dayak Kanayatn de Kalimantan Occidental, sostiene que esas comunidades son utilizadas como “chivos expiatorios”. Según explica, sus métodos tradicionales de preparación de la tierra se realizan con planificación, precaución y siguiendo costumbres transmitidas entre generaciones.
Tono explica que esas prácticas, conocidas como uma bukit o “agricultura de montaña”, están basadas en una concepción de equilibrio con la naturaleza.
El problema, según distintos especialistas citados en la nota, es que ese equilibrio se encuentra cada vez más alterado en Kalimantan, una de las regiones con mayor deforestación de Indonesia.
Durante 2025, la región perdió casi 160.000 hectáreas de superficie forestal, más de un tercio de toda la pérdida registrada a nivel nacional. Una parte importante de esa reducción estuvo relacionada con la expansión de plantaciones y monocultivos.
El drenaje de las turberas aumenta el riesgo
Para la profesora Susan Page, el avance de los proyectos industriales de desarrollo tuvo un papel importante en el drenaje de los pantanos de turba.
Las turberas no son terrenos naturalmente adecuados para las plantaciones. Sin embargo, a medida que fueron agotándose los suelos minerales considerados más apropiados, la utilización de maquinaria pesada permitió drenar estos espacios y generar condiciones suficientemente secas para su explotación.
Ese proceso tuvo dos consecuencias: aumentó la deforestación y, al mismo tiempo, incrementó considerablemente la vulnerabilidad de las turberas frente al fuego.
Page también señala que el drenaje provoca emisiones constantes de dióxido de carbono incluso cuando no existen incendios.
Desde esa perspectiva, los incendios visibles representan la manifestación más extrema de un proceso que puede mantenerse activo durante períodos prolongados en las turberas drenadas.
Cansancio y distancia de sus familias
Mientras los focos continúan activos, los voluntarios enfrentan nuevos problemas. Entre ellos aparecen la escasez creciente de agua, la persistencia de la sequía y la contaminación del aire.
Para extinguir un incendio de turba no alcanza con apagar la superficie. El suelo debe quedar completamente saturado de agua, hasta adquirir una consistencia similar a una papilla, explica Sujatmoko.
Incluso después de haber controlado un foco, el riesgo permanece. El fuego puede reaparecer desde las profundidades y avanzar nuevamente alimentado por material combustible que permanece oculto debajo de la superficie.
A esa amenaza se suma el desgaste físico y emocional de quienes llevan meses trabajando lejos de sus hogares.
“Estamos muy cansados”, reconoce Sujatmoko.
Los voluntarios extrañan a sus familias, a sus hijos y a sus esposas, pero aseguran que por ahora decidieron dejar esas preocupaciones en segundo plano para continuar colaborando frente a la emergencia provocada por la contaminación.
También esperan que finalmente llegue la lluvia y permita aliviar la situación.
Después de meses lejos de sus casas, quienes trabajan en la primera línea esperan que el esfuerzo realizado para contener los incendios y reducir el impacto de la crisis pueda ayudar a las comunidades afectadas.
