11 mayo, 2026
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Una íntima del Papa Francisco rompe el silencio y revela cómo se escondían de los drones y los espías de la SIDE mientras la política porteña temblaba.

¿Se acuerdan cuando el poder le tenía terror a lo que decía el Cardenal en cada Tedeum? A un año de su muerte, aparecen detalles dignos de una serie de espionaje sobre la vida de Jorge Bergoglio en Buenos Aires. No era solo rezar y caminar por la Avenida de Mayo; era una guerra fría contra un Gobierno que le mandaba la SIDE a la puerta de la casa a sus colaboradores para robarle las homilías. La pregunta es: ¿quiénes eran esos «enemigos poderosos» que hoy se golpean el pecho pero ayer lo querían ver afuera?

La revelación sobre el uso de radios a transistores con tango y música clásica para tapar micrófonos parece sacada de la Guerra Fría, pero pasaba acá nomás, en la Curia. Mientras el pueblo lo esperaba en la boca del subte de Sáenz Peña, en las oficinas de Puerto Madero y Olivos se desesperaban por saber qué sabía él. El pacto de «no ocultarse nada» con sus allegados fue el escudo contra la traición de los suyos, porque sí, hasta sus propios obispos ya se estaban probando el traje de Cardenal antes de que se fuera.

Lo que indigna es el sufrimiento que padeció en silencio. Lo operaron políticamente desde todos los ángulos cuando cumplió 75 años, esperando que Ratzinger le aceptara la renuncia para sacárselo de encima. Pero Dios —o el destino— les dio un cachetazo y lo sentó en el trono de Pedro. Ahí se terminó el juego para muchos que hoy fingen demencia, pero que en aquel entonces montaban guardia para interceptar sus mensajes.

Hoy nos queda la poesía, el recuerdo de sus suelas gastadas y esa «picaresca santidad» que tanto molestaba al establishment. Bergoglio se fue, pero los secretos que guardó sobre la clase dirigente argentina siguen siendo una bomba de tiempo. ¿Será que por eso muchos respiraron aliviados cuando se cerró el cónclave en Roma y, finalmente, cuando le tocó partir?

Queda abierta la duda: ¿Quiénes son los que hoy lloran en cámara pero ayer le ponían micrófonos en el escritorio? El tiempo pone a cada uno en su lugar, pero la memoria de los que estuvieron ahí no se borra.

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