Mientras el ministro dice que todo es color de rosa en Washington, un informe internacional lo deschava: el equipo económico no entiende por qué los mercados no nos creen.
Luis «Toto» Caputo volvió de Estados Unidos diciendo que fueron las «mejores sesiones» de la historia, pero el banco suizo UBS le pinchó el globo. En privado, el ministro y su equipo dejaron ver su verdadera cara: la de la frustración total. Están furiosos porque, aunque ajustaron hasta lo que no tenían para mostrar orden, el riesgo país sigue por las nubes y nadie se digna a prestarnos un solo dólar a tasas que no sean una estafa.
En las oficinas del FMI, el clima no es tan eufórico como lo pintan desde Casa Rosada. Sí, les gusta el ajuste, pero están preocupados porque la inflación no baja como prometieron y el crecimiento es un desastre. Básicamente, el organismo internacional ve que las reformas son «impresionantes» pero el país real sigue estancado. ¿De qué sirve tener las cuentas en orden si afuera nos siguen viendo como un paciente en terapia intensiva?
Lo más insólito es la excusa oficial: Caputo dice que el riesgo país debería estar en la mitad y que la culpa es del «riesgo político». Es decir, siempre la culpa es del otro. Mientras tanto, las calificadoras de riesgo están debatiendo si nos suben la nota de «pésimo» a «malo», un upgrade que el Gobierno espera como si fuera el título del mundo, pero que en la calle no le cambia la vida a nadie.
El dato que nadie cuenta es que el FMI diseñó este programa solo para que el país no estalle antes de las elecciones de 2027. No hay un plan de crecimiento real, solo un aguante financiero mientras el equipo de Caputo sigue rogando que el mercado internacional los quiera un poquito. La realidad es que, por ahora, seguimos afuera de la fiesta y pagando los platos rotos.
¿Hasta cuándo vamos a seguir festejando «reuniones exitosas» que no traen ni un centavo de inversión real para el laburante? La brecha entre el marketing de Washington y la heladera de los bonaerenses es cada vez más grande.
