Tras 11 días de clausura, el Gobierno volvió a dejar entrar a los periodistas aunque bajo un régimen de exclusión digno de una dictadura. Escáneres, «zona roja» y colegas prohibidos.
Parece que al «León» le molestan las preguntas y decidió convertir la Casa Rosada en un búnker de máxima seguridad donde informar es casi un delito. Después de casi dos semanas de silencio forzado, la sala de prensa reabrió sus puertas, pero lo que encontraron los laburantes de prensa fue un operativo de control que se parece más al ingreso de una cárcel que a la sede del Gobierno nacional.
Lo más fuerte no son los detectores de metales o que te revisen hasta las medias, sino la existencia de listas negras con fotos de periodistas para que no pasen ni a la vereda. Colegas de Clarín y TN, que se animaron a investigar temas sensibles para el oficialismo, tienen el acceso prohibido por portación de cara. ¿Esta es la libertad que pregonaban? Discriminación pura y dura en la cara de todos los argentinos.
Adentro, la cosa es peor: zonas de exclusión por todos lados. Ahora los movileros no pueden caminar por los pasillos ni hacer guardias en los despachos de Karina Milei o Santiago Caputo. Los tienen encerrados en una oficina como si fueran prisioneros, impidiendo que vean quién entra y quién sale del poder. Se terminó la transparencia y empezó el oscurantismo oficialista.
Como si fuera poco, el maltrato llega hasta la ropa. Los efectivos de seguridad ahora inspeccionan la vestimenta de los cronistas con el mismo criterio que usan para revisar a las barras bravas en la cancha. Una humillación total para quienes intentan contarle a la gente qué carajo están haciendo con el país mientras el vocero Adorni esquiva preguntas sobre su propio patrimonio.
El Gobierno dice que es por «seguridad nacional», pero el olor a censura se siente desde la Plaza de Mayo. Están asustados de la prensa independiente y armaron un corralito para que solo se escuche el relato oficial. Si no sos de los «amigos», te quedás afuera o te ponen un vigilante atrás para que no veas nada importante.
La pregunta es simple: ¿A qué le tienen tanto miedo? Si la gestión es tan brillante como dicen, no necesitarían escáneres ni listas negras para callar a los que preguntan. La libertad de expresión quedó colgada en la puerta de Balcarce 50 y parece que no la piensan dejar pasar.
