Un Volkswagen Gol ardió en llamas en el cruce de Callao y Córdoba dejando en evidencia la falta de respuestas rápidas ante emergencias en plena Capital.
La madrugada de Recoleta se transformó en una escena de película de terror cuando un auto comenzó a quemarse por completo en una de las esquinas más transitadas de Buenos Aires. Mientras los vecinos miraban atónitos desde los balcones, el fuego devoraba el vehículo en la intersección de Córdoba y Callao, recordándonos que nadie está exento de un desastre mecánico o de la desidia que impera en nuestras calles.
Aunque los Bomberos de la Ciudad llegaron para apagar el incendio, el Volkswagen Gol quedó reducido a cenizas, dejando un rastro de humo y complicaciones que se extendieron durante horas. ¿Cómo puede ser que un siniestro de este tipo paralice el corazón de la Ciudad sin que haya mecanismos de despeje inmediatos? La Policía tuvo que improvisar un operativo con camiones especiales mientras los conductores sufrían el embotellamiento de siempre.
Este incidente no es solo «mala suerte». Muchos se preguntan si el mantenimiento de los vehículos o el estado de las avenidas porteñas son bombas de tiempo listas para estallar en cualquier esquina. Lo que debería ser un cruce seguro se convirtió en una trampa de llamas que, por puro milagro, no terminó en una tragedia mayor para los peatones que circulan por la zona.
Al final, el auto fue retirado como un despojo de hierro, pero el olor a quemado y la bronca de los que quedaron atrapados en el tránsito permanecen. ¿Hasta cuándo vamos a normalizar que circular por Recoleta sea un riesgo constante entre baches, cortes y ahora autos que explotan?
La calzada ya fue liberada, pero la duda queda flotando en el aire porteño. ¿Fue un accidente aislado o una señal de que el control sobre lo que circula en la Ciudad es inexistente?
