14 agosto, 2026
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El conflicto en Medio Oriente desplazó su eje hacia el control de una de las principales vías para el transporte energético mundial. Mientras Irán utiliza drones y misiles para condicionar el tránsito marítimo, los países del Golfo aceleran proyectos de oleoductos, puertos y corredores que permitan reducir su dependencia del estrecho y, con ella, la influencia de Teherán.

Las guerras no siempre terminan en el mismo lugar donde comenzaron. El conflicto con Irán es un ejemplo de esa transformación. Después de casi seis meses, una disputa que tuvo entre sus objetivos el cambio de régimen y la reducción de las capacidades nucleares y militares iraníes derivó en una confrontación cada vez más concentrada en el control del estrecho de Ormuz, una de las principales arterias del suministro energético global.

Irán demostró que tiene tanto la capacidad como la voluntad de atacar a los buques mercantes que atraviesan esa vía marítima cuando no se ajustan a las condiciones que establece Teherán. Estados Unidos y los países del Golfo que rodean el estrecho consideran inaceptable esa situación.

Por eso, el interrogante estratégico que comenzó a dominar el escenario internacional es si Ormuz continuará funcionando como una vía marítima internacional o si Irán logrará imponer condiciones sobre quiénes pueden atravesarlo y bajo qué circunstancias.

Para Teherán, obtener ese nivel de control significaría acceder a decenas de miles de millones de dólares anuales mediante tasas de tránsito y, al mismo tiempo, contar con la capacidad de regular el flujo energético hacia el resto del mundo. En términos estratégicos, eso le permitiría ejercer una enorme influencia sobre la economía global.

A corto plazo, Irán mantiene la ventaja

El régimen iraní no necesita bloquear físicamente el estrecho para alterar su funcionamiento. El lanzamiento de drones y misiles de crucero contra embarcaciones civiles alcanza para paralizar el comercio y poner en duda una premisa que durante años se consideró prácticamente garantizada: que Ormuz permanecería abierto incluso durante un conflicto.

Durante la guerra de doce días de junio de 2025, incluso mientras Estados Unidos atacaba instalaciones nucleares iraníes, el estrecho permaneció operativo. Esa situación cambió y representa ahora un desafío considerable para Washington y para el resto del mundo.

El antecedente más cercano es el de los hutíes, grupo alineado con Irán que utilizó misiles y drones iraníes para atacar el tráfico marítimo en el estrecho de Bab el-Mandeb y afectar el tránsito por el Mar Rojo.

Estados Unidos respondió formando una coalición y desarrollando una campaña aérea para reducir las capacidades de los hutíes. Sin embargo, los ataques no pudieron ser completamente detenidos ni se logró recuperar la confianza de las empresas navieras para que volvieran a utilizar con normalidad esa ruta. La ofensiva solamente terminó cuando los hutíes alcanzaron un acuerdo con Washington.

Ahora Estados Unidos enfrenta una situación similar con Irán, aunque de una dimensión mucho mayor. La misión para impedir que Teherán utilice drones y misiles de crucero, algunos con capacidad de ser lanzados desde más de 1.000 kilómetros de distancia, podría convertirse en una operación prolongada, costosa y extremadamente compleja.

La diferencia de escala también es significativa. El estrecho de Bab el-Mandeb concentra aproximadamente el 10% del transporte marítimo mundial, una alteración suficiente para generar presiones inflacionarias. En cambio, por el estrecho de Ormuz circula cerca del 20% del comercio mundial de energía. Una interrupción prolongada podría provocar, como advirtió Donald Trump antes de anunciar un acuerdo de corta duración con Irán, una verdadera «catástrofe económica».

A largo plazo, Estados Unidos busca reducir la dependencia de Ormuz

La estrategia iraní apunta a elevar el precio internacional de la energía para presionar a la Casa Blanca y conseguir que Washington termine aceptando el control de Teherán sobre el estrecho.

Sin embargo, las acciones contra buques civiles y las presiones sobre el tráfico marítimo en el Golfo están generando una reacción que podría terminar perjudicando los intereses iraníes.

Gobiernos y compañías energéticas de Medio Oriente comenzaron a acelerar la construcción de oleoductos, puertos y corredores de transporte capaces de trasladar petróleo, gas y mercancías sin atravesar Ormuz. Estados Unidos también respalda directamente estas iniciativas.

El estrecho seguirá teniendo una importancia central, pero la región está comenzando a invertir, como no lo hacía desde hace décadas, en un escenario en el que esa vía podría dejar de ser indispensable.

El objetivo es modificar el mapa energético de Medio Oriente para reducir la capacidad de Irán de utilizar Ormuz como una herramienta de presión estratégica.

Un nuevo mapa energético para Medio Oriente

Antes del conflicto, alrededor de 23 millones de barriles diarios de productos energéticos atravesaban el estrecho de Ormuz. La vía era fundamental para las exportaciones de Irak, Kuwait, Qatar y Bahréin, además de constituir una ruta principal para los envíos de Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos.

Ante la posibilidad de que el estrecho permanezca cerrado de manera periódica o se convierta en una ruta comercialmente inestable, los gobiernos de la región comenzaron a apostar por un sistema compuesto por múltiples vías de exportación.

El objetivo no es reemplazar por completo el volumen de petróleo que circulaba por Ormuz, sino disminuir progresivamente su importancia. Según una estimación reciente de Goldman Sachs, las rutas alternativas existentes y las nuevas infraestructuras podrían transportar, hacia finales de 2028, cerca del 60% del petróleo que normalmente atraviesa el estrecho.

Entre los principales proyectos se encuentran:

Arabia Saudita: el país cuenta con un oleoducto que atraviesa su territorio desde las zonas productoras de petróleo hacia el Mar Rojo. Durante la actual crisis permitió sostener aproximadamente 7 millones de barriles diarios de exportaciones. Arabia Saudita anunció además una ampliación que permitiría sumar entre 1 y 2 millones de barriles diarios hacia finales de 2029, elevando hasta 9 millones de barriles diarios la capacidad de desvío de Ormuz.

Emiratos Árabes Unidos: dispone de un puerto y un oleoducto ubicado al sur del estrecho, con una capacidad actual de hasta 1,8 millones de barriles diarios. El país prevé duplicar esa capacidad para finales de 2027 y alcanzar los 3,6 millones de barriles diarios.

Irak-Siria: el nuevo primer ministro iraquí visitó recientemente la Casa Blanca y anunció inversiones de empresas petroleras estadounidenses por decenas de miles de millones de dólares, en coordinación con Siria, para recuperar oleoductos inactivos y construir nuevas conexiones destinadas a trasladar petróleo iraquí y kuwaití hacia el Mediterráneo. El objetivo, según el enviado de Trump para Irak y Siria, Tom Barrack, es que Ormuz pase a tener un papel secundario. La finalización de estos proyectos está prevista para 2030.

Irak-Turquía: también se trabaja en la recuperación de un oleoducto que conecta Kirkuk, en Irak, con Ceyhan, en la costa mediterránea de Turquía. La infraestructura estuvo durante años afectada por disputas políticas entre Ankara y Bagdad, pero la creciente necesidad de rutas alternativas volvió a colocarla como una opción estratégica.

Irak-Jordania: el Gobierno iraquí también acelera los planes para construir un oleoducto hacia Jordania. El proyecto conectaría Basora con Haditha y tendría una derivación hacia el puerto jordano de Aqaba, desde donde el petróleo podría ser enviado al mercado internacional a través del Mar Rojo. La crisis en Ormuz llevó a ambos gobiernos a acelerar una iniciativa que ya estaba en discusión.

Estos proyectos podrían ser apenas el comienzo de una transformación más amplia. Arabia Saudita también evalúa nuevas rutas hacia Aqaba y otras alternativas que atraviesen Turquía para conectar sus exportaciones con el Mediterráneo.

El antecedente del oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan

La idea de modificar las rutas energéticas por razones estratégicas no es nueva. Después de la caída de la Unión Soviética, Estados Unidos impulsó un ambicioso proyecto para construir un oleoducto que atravesara Azerbaiyán, Georgia y Turquía hasta llegar al Mediterráneo.

El proyecto Bakú-Tiflis-Ceyhan, conocido como BTC, demandó miles de millones de dólares y años de negociaciones diplomáticas. En sus comienzos, muchos especialistas consideraban que era demasiado extenso, costoso y políticamente difícil de concretar.

Sin embargo, la infraestructura fue terminada en 2006 y redujo de manera permanente la dependencia de las rutas de exportación bajo control ruso. El proyecto también demostró que la infraestructura energética puede modificar el equilibrio de poder internacional tanto como las alianzas militares.

Europa tomó un camino diferente y mantuvo durante años una fuerte dependencia de la energía y los oleoductos rusos. Moscú terminó convirtiendo esa dependencia en una herramienta de presión estratégica. Los actuales gobiernos del Golfo parecen decididos a evitar que algo similar ocurra con Irán.

Una nueva prioridad estratégica: la redundancia

Las nuevas redes de oleoductos y alianzas deberán enfrentar obstáculos. Irán podría intentar atacar infraestructuras existentes o retrasar nuevos proyectos. También pueden surgir dificultades relacionadas con la construcción, la burocracia y el financiamiento.

Sin embargo, el conjunto de estas iniciativas muestra una orientación estratégica que difícilmente pueda revertirse.

Los países de Medio Oriente que durante décadas asumieron que el estrecho de Ormuz permanecería siempre abierto ahora se preparan para un escenario diferente. Las rutas de exportación alternativas y redundantes comenzaron a ser consideradas una cuestión de seguridad nacional, con el respaldo de los fondos soberanos y el apoyo de Estados Unidos.

La estrategia iraní parte de una premisa: que el mundo no tiene una alternativa real al estrecho de Ormuz. Pero al convertir ese paso estratégico en una herramienta militar, Teherán podría terminar impulsando precisamente lo contrario: que sus vecinos construyan una región menos dependiente de esa vía.

El desafío para Washington y sus aliados será acompañar ese proceso y consolidar una red de alternativas que reduzca el peso estratégico de Ormuz y, con él, la capacidad de Irán para condicionar el comercio energético mundial.

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