Tras una semana de puertas blindadas por supuestos espías, el Gobierno retrocede y habilita el ingreso de los cronistas justo antes de una conferencia clave.
Se terminó el misterio de los pasillos vacíos y las huellas borradas en la Casa de Gobierno. En un giro que huele más a estrategia política que a protocolo de seguridad, el Ejecutivo decidió levantar el cepo informativo que mantenía a la prensa lejos del despacho presidencial, justo cuando las papas queman para el jefe de Gabinete.
La excusa del «espionaje ilegal» y la limpieza de huellas dactilares parece haber quedado en el olvido. Después de recibir palos de todos los sectores, incluyendo a la Iglesia y a organismos internacionales, el Gobierno entendió que tener a los periodistas afuera generaba más sospechas que certezas. No es para menos: Argentina se hundió en el ranking mundial de libertad de prensa, tocando fondos históricos.
El lunes 4 de mayo, a las 11, Manuel Adorni tendrá que dar la cara. Pero no será una mañana fácil; el vocero devenido en ministro llega con el desgaste de su reciente paso por el Congreso y con la sombra de una investigación judicial por presunto enriquecimiento ilícito que le pisa los talones. El clima de tensión en la sala de conferencias promete ser asfixiante.
¿Fue una medida de seguridad real o un intento de silenciar preguntas incómodas durante una semana crítica? La reapertura coincide quirúrgicamente con la necesidad del oficialismo de retomar el control de la narrativa, en un contexto donde el derecho a la información parece haber sido una moneda de cambio más en el juego del poder.
Con los acreditados nuevamente en sus puestos, la expectativa se traslada a los micrófonos. El lunes se verá si la vuelta de la prensa sirve para aclarar las cuentas pendientes o si será apenas un nuevo capítulo de chicanas y evasivas en el corazón del poder político.
