El cantante quedó en el ojo de la tormenta tras ser denunciado por usar sus famosos tatuajes faciales en merchandising sin poner un peso de los derechos de autor.
El escándalo parece no tener fin para los reyes del trap y ahora el Duki es quien está contra las cuerdas. El gobierno de la música urbana se sacude porque un tatuador de Quilmes, Iván, decidió llevar a la justicia al artista por el uso indebido de las alitas que lleva bajo los ojos. Resulta que el diseño, que ya es marca registrada de su cara, terminó estampado en remeras y campañas publicitarias sin que el creador viera un solo centavo.
La interna explotó cuando el tatuador filtró chats donde el cantante prometía arreglar las cosas con su equipo, algo que finalmente nunca pasó. La sociedad manifiesta indignación ante lo que consideran un abuso de poder frente al trabajo de un artista de barrio. El reclamo es claro: si vas a lucrar con el dibujo que otro diseñó, tenés que pagar lo que corresponde por la propiedad intelectual, sea quien seas.
La polémica abre un debate furioso sobre quién es el dueño del arte cuando está pinchado en la piel de un famoso. Mientras el cantante guarda un silencio ensordecedor, el abogado de la contraparte ya prepara los papeles para cobrar una cifra que promete ser escandalosa. Pareciera que en el mundo de las estrellas, la «buena fe» se termina cuando empiezan a contar los billetes del merchandising.
¿Es justo que un músico se llene los bolsillos usando un dibujo ajeno solo porque lo tiene tatuado? El caso de Iván contra el Duki pone en jaque la forma en que los ídolos de los pibes manejan sus negocios. Mientras los fanáticos se matan en las redes defendiendo a uno u otro, la realidad es que el pibe de Quilmes no se calló nada y fue directo a la yugular.
La justicia tendrá ahora la última palabra en este quilombo que recién empieza y que promete salpicar a todo el entorno de la música nacional.
