El jefe de Gabinete reaparece tras un mes de mutismo para enfrentar más de dos mil preguntas, mientras Milei rompe la tradición y se planta en el palco para custodiar a su funcionario favorito.
Se terminó la siesta para Manuel Adorni. Este miércoles, el hombre que supo ser la voz del Gobierno pero que se llamó a silencio tras los escándalos patrimoniales y los viajes familiares, tendrá que dar la cara en Diputados. Lo más llamativo no es el informe en sí, sino el despliegue de seguridad política: Javier Milei estará allí, cual guardaespalda, para asegurar que nadie toque a su ministro coordinador en medio de una lluvia de pedidos de explicaciones.
¿Qué pasó con el manual de la transparencia? El oficialismo intenta vender esto como un «fortalecimiento», pero el trasfondo huele a blindaje puro. Mientras la Oficina Anticorrupción les regala tres meses más de plazo para presentar declaraciones juradas, Adorni llega al recinto procesando un filtro de preguntas que esquiva las chicanas pero que no podrá tapar el sol con las manos: la gente quiere saber cómo se explica el crecimiento de su patrimonio en tan poco tiempo.
El circo político no termina ahí. La agenda de la semana parece diseñada para distraer: cenas de gala, debates sobre Keynes y cierres de exposiciones empresariales. Todo esto mientras los ministros tienen que entregar, antes del viernes, el plan de ajuste que promete recortar un 20% en obras de capital. El ajuste no perdona, pero para los amigos del poder siempre hay un palco preferencial y una prórroga a mano.
Lo que nadie dice es que este miércoles se juega mucho más que un informe de gestión. Se juega la credibilidad de un discurso que decía venir a terminar con los privilegios de la casta. Si el «operativo protección» funciona, el Gobierno recuperará la voz, pero si las respuestas no convencen, el costo político de subir a Milei al ring para defender a un investigado podría ser altísimo.
