El Ejecutivo nacional ensaya una tregua forzada con el Papa para asegurar su visita, mientras los legisladores oficialistas destrozan al arzobispo García Cuerva por exponer la crisis social.
La paz social en la Argentina de hoy parece una puesta en escena que dura lo que tarda en apagarse una cámara. El presidente Javier Milei intentó bajar el tono y sonreír para la foto en el Te Deum de la Catedral de Buenos Aires, pero la tregua con la Iglesia es tan frágil como el bolsillo de los bonaerenses. Detrás de los abrazos cordiales y la desesperación por abrochar la visita del papa León XIV, las segundas líneas del oficialismo salieron a escupir veneno contra el arzobispo Jorge Ignacio García Cuerva, acusándolo directamente de «militar el regreso del peronismo con sotana». ¿De verdad creen que el descontento es solo un invento de los obispos?
Mientras la ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello, viaja miles de kilómetros para sonreírle al Sumo Pontífice en el Vaticano, en el barro de la política local los diputados libertarios no aguantaron que les marcaran la cancha. Los dardos eclesiásticos contra el odio en las redes sociales y el abandono de los más vulnerables tocaron el nervio más sensible del Gobierno. La respuesta oficialista fue el ninguneo y la soberbia, asegurando que el discurso clerical fue «light» y que los datos oficiales de pobreza supuestamente los respaldan.
Pero la realidad no se dibuja en un tuit ni se soluciona con una foto mística en Roma. Desde la institución religiosa ya avisaron que no se van a callar y prometen profundizar los cuestionamientos sobre el drama social que se vive en las provincias, especialmente de cara a la colecta anual de Cáritas. Hablar de falta de trabajo y de la escasez de medicamentos es hablar de la miseria que golpea diariamente a las familias bonaerenses, por más que en los despachos de Balcarce 50 prefieran mirar para otro lado.
El Ejecutivo nacional necesita la llegada de la máxima autoridad católica como un bálsamo de legitimidad para su gestión, y por eso se esfuerza en sobreactuar una madurez institucional que sus propios militantes dinamitan a diario. Es un secreto a voces: el Papa no va a pisar un suelo donde el Estado y la Iglesia estén en guerra abierta, obligando a ambos bandos a sostener un armado artificial que cruje por abajo.
La interna feroz está desatada y la hipocresía queda a la vista de cualquiera que camine la provincia de Buenos Aires. ¿Hasta cuándo van a poder sostener este acting de convivencia pacífica antes de que todo vuele por los aires? La pobreza sigue doliendo en los comedores y las iglesias locales, y ninguna gira diplomática va a poder tapar el sol con las manos por mucho tiempo.
