11 mayo, 2026
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Fabián Jesús Bravo se creía un fantasma intocable, pero el celular de un pariente lo mandó directo al calabozo. El narco más buscado del norte cayó en el oeste junto a su mujer. ¡Se les terminó la vida de lujos y sangre!

La lealtad entre delincuentes es un mito que el «Gordo Pei» aprendió a la fuerza. El capo narco que regaba de sangre el Conurbano fue cazado como una rata después de que su propio sobrino cayera con un celular cargado de pruebas. Fue el principio del fin para el delincuente más peligroso de San Martín.

Bravo no era un improvisado: manejaba una estructura militarizada con «soldaditos» y tecnología de punta para que los fiscales no le olieran el rastro. Pero mientras él se escondía en casas de alquiler temporario cambiando de domicilio como quien se cambia de camisa, la Policía Bonaerense le respiraba en la nuca.

La caída de su sobrino en José León Suárez con fierros y mercadería fue el «regalo» que los investigadores necesitaban. A partir de ahí, el seguimiento fue implacable. Lo encontraron en el barrio Martín Fierro, aguantado con su mujer, Joana Giménez, quien también tenía las manos manchadas con la causa de homicidio que los mantenía prófugos.

En el momento del asalto policial, el «Gordo» intentó sacar chapa de pesado y resistirse, pero terminó mordiendo el polvo frente a los comandos de Investigaciones. Se terminó el control territorial a base de amenazas y plomo. Ahora, el único «territorio» que va a manejar es el pabellón de una unidad penal.

Con el núcleo de la banda desarticulado, la calle recupera un poco de paz. «El Gordo Pei» ya duerme tras las rejas y la justicia va por el resto de los «criptotransas» que todavía quedan sueltos. ¡El que las hace, las paga!

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