Los datos de mayo mostraron el impacto pleno de la suba del petróleo. Mientras la industria reduce la compra de equipos e insumos, el Gobierno sostiene que el escenario no implica una recesión.
El comercio exterior volvió a registrar cifras históricas y acumuló en mayo su tercer mes consecutivo con récords tanto en exportaciones como en superávit comercial.
Durante ese mes, las ventas al exterior alcanzaron los u$s9.537 millones, mientras que el saldo positivo de la balanza comercial fue de u$s3.504 millones. Estos resultados fortalecen las proyecciones que estiman exportaciones cercanas a los u$s100.000 millones para el año y un superávit superior a los u$s25.000 millones.
Incluso, esos números podrían volver a superarse cuando se publiquen las estadísticas correspondientes a junio. Esto se debe a que recién ahora comenzó a reflejarse en los registros el impacto total de la suba internacional del petróleo provocada por el conflicto en Medio Oriente.
Existe un desfase de aproximadamente 45 días entre el acuerdo de venta, el embarque de la mercadería y el momento en que la operación queda registrada junto con el ingreso de divisas. Por ese motivo, el petróleo cotizando por encima de los u$s100 por barril durante marzo y abril todavía no se había visto reflejado en las exportaciones argentinas.
En consecuencia, el crecimiento exportador registrado hasta el momento respondió principalmente al incremento de los volúmenes comercializados y no tanto a una mejora de los precios. Recién en mayo se observó una variación significativa en ese aspecto, con un incremento interanual del 50%.
Récord de ingreso de divisas
Según la Bolsa de Comercio de Rosario, durante el primer cuatrimestre del año la agroindustria, la minería y el sector energético generaron un ingreso neto de u$s17.605 millones por comercio exterior de bienes. La cifra representa un récord y un crecimiento del 20,9% respecto del mismo período de 2025.
Al mismo tiempo que las exportaciones alcanzan máximos históricos, las importaciones muestran una baja que ya no aparece como un fenómeno aislado sino como una tendencia dentro del esquema económico actual.
Tradicionalmente, con un dólar relativamente bajo en términos históricos, las compras al exterior solían acompañar el crecimiento de las exportaciones, ya fuera para abastecer la demanda interna o para acumular stock. Sin embargo, el escenario actual muestra menores importaciones en un contexto de estabilidad cambiaria, lo que permite sostener un saldo comercial ampliamente favorable para el país.
Desde el punto de vista financiero, esta situación fortalece la estrategia económica impulsada por el ministro Luis Caputo, ya que reduce las preocupaciones sobre posibles tensiones cambiarias en el mediano plazo.
Mientras las exportaciones crecieron un 34,4%, las importaciones retrocedieron un 7% interanual. Ese flujo de divisas aparece como suficiente para que el Banco Central continúe adquiriendo dólares, el Tesoro pueda afrontar los vencimientos de deuda y, al mismo tiempo, continúe la demanda de divisas por parte de turistas y ahorristas.
Este panorama coincide con la previsión del presidente Javier Milei, quien había señalado que el Banco Central recibiría una importante cantidad de dólares gracias al superávit comercial y al ingreso de inversiones extranjeras directas.
Dentro del Gobierno incluso se analiza la posibilidad de cerrar el año con superávit en la cuenta corriente, indicador que además del intercambio comercial contempla los movimientos vinculados a servicios y turismo. Para muchos economistas, este dato resulta clave para evaluar si el tipo de cambio se encuentra en equilibrio, ya que históricamente las devaluaciones estuvieron precedidas por fuertes déficits en esa cuenta.
Mejores perspectivas para el campo
El buen desempeño de las exportaciones agrícolas era esperado, dado que mayo suele concentrar gran parte de las ventas de la cosecha. Sin embargo, el incremento respecto del año pasado fue considerable.
En el segmento de productos primarios ingresaron un 22,5% más de divisas que un año atrás, impulsadas por mayores volúmenes exportados, pese a que los precios registraron una baja del 1,5%.
En el mercado internacional también comenzó a observarse una recuperación en las cotizaciones de las materias primas, especialmente de la soja, cuyo valor se mantuvo por encima de los u$s400 por tonelada. Esto abre la posibilidad de que durante los próximos meses también exista un efecto positivo derivado de los precios.
En cuanto a las manufacturas de origen agropecuario, principal rubro de exportación con ventas por u$s2.992 millones, también mostraron un crecimiento interanual del 20,5%, explicado por una mejora del 10,5% en los precios y del 9,1% en las cantidades exportadas.
Aunque durante los últimos meses los productores rurales manifestaron su malestar porque la reducción de dos puntos en las retenciones no alcanzó para compensar el aumento de los costos, esa situación podría modificarse.
Luego del acuerdo entre Estados Unidos e Irán, el precio internacional del petróleo volvió a niveles previos al conflicto y eso también provocó una baja en productos derivados como la urea, utilizada para fertilizar los cultivos.
En las últimas jornadas, esos insumos registraron caídas cercanas al 50%, lo que mejora la rentabilidad de los productores y genera mayores incentivos para vender sus existencias e invertir de cara a la próxima campaña.
La discusión por la baja de las importaciones
Uno de los aspectos destacados por el ministro Luis Caputo fue el desempeño de las exportaciones industriales. Según remarcó, el acumulado entre enero y mayo alcanzó los u$s10.964 millones, el mayor registro histórico.
El dato fue presentado en medio de las críticas que recibe el Gobierno por el impacto que, según distintos sectores, provocan el atraso cambiario y la apertura de las importaciones sobre la industria nacional.
Sin embargo, quienes cuestionan el modelo económico ponen el foco en la persistente caída de las importaciones, especialmente en bienes de capital, equipamiento e insumos industriales, en un contexto donde la capacidad ociosa de las fábricas ronda el 40%.
En ese sentido, las compras de bienes de capital disminuyeron un 6,8% respecto del año pasado, mientras que las piezas y accesorios registraron una baja del 26,6%.
En contraste, los bienes destinados al consumo final continúan estables. Si además se incorporan los automóviles, esos productos importados representan cerca de una cuarta parte del total de las compras externas.
El debate sobre un nuevo modelo económico
La teoría económica tradicional sostiene que para que la economía crezca un punto del PBI es necesario que las importaciones aumenten aproximadamente tres puntos. Bajo ese criterio, el descenso actual de las compras externas pondría en duda el crecimiento del 4,5% proyectado por el Gobierno e incluso podría anticipar una recesión.
No obstante, esa interpretación comenzó a ser discutida. Desde el Gobierno y entre economistas afines sostienen que la Argentina atraviesa un cambio de modelo en el que deja de operar la tradicional restricción externa.
El principal factor señalado es el crecimiento de Vaca Muerta, cuya expansión permitiría que el petróleo y el gas compitan en pocos años con el agro como principales generadores de exportaciones.
En ese contexto, algunos analistas consideran que podrían coexistir dificultades de competitividad para determinados sectores industriales sin que eso implique necesariamente un déficit en la cuenta corriente o una crisis cambiaria.
A partir de esa visión, también aparecen proyecciones que anticipan el fin de los tradicionales ciclos de «stop and go», que históricamente dieron origen a distintos controles cambiarios, incluido el cepo vigente durante los gobiernos kirchneristas.
Así, un tipo de cambio cercano a los $1.450 ya no generaría una corrida de importadores para acumular mercadería ante el temor de una devaluación.
Si bien el Gobierno celebra este escenario y el presidente Javier Milei suele presentarlo como una demostración de que ya no existe la tradicional escasez de dólares, algunos economistas advierten sobre el riesgo de que el país avance hacia un fenómeno conocido como «enfermedad holandesa», caracterizado por un tipo de cambio bajo que reduce la competitividad de la industria y puede traducirse en mayores niveles de desempleo.
