El oficialismo se muestra completo en la Catedral Metropolitana intentando ocultar las acusaciones de traición, las operaciones en redes sociales y el inminente reto de la Iglesia Católica.
El clima de descontento y sospecha llegó a su punto máximo en la jornada patria del 25 de mayo. El Poder Ejecutivo armó una puesta en escena forzada al obligar a todo el Gabinete nacional a caminar en bloque hacia la Catedral Metropolitana, una maniobra desesperada por mostrar una cohesión política que ya nadie cree debido a las feroces disputas que desangran al entorno libertario a la vista de todo el país.
La indignación pública crece al confirmarse que la Secretaría General de la Presidencia prohibió la entrada de la vicepresidenta Victoria Villarruel, profundizando el desprecio que comenzó hace un año cuando el mandatario la tildó públicamente de traidora. Esta exclusión expone el autoritarismo de un sector que prefiere purgar a sus propios fundadores antes que tolerar el disenso, dejando al descubierto que el discurso de la libertad no se aplica puertas adentro.
Para colmo de males, la tensión en los pasillos de Balcarce 50 arde entre el asesor Santiago Caputo y el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, quien quedó en el ojo de la tormenta tras ser acusado por los militantes digitales del propio espacio de financiar campañas sucias en redes sociales. El nivel de hipocresía gubernamental obliga a estos enemigos íntimos a compartir banco frente al altar, mientras los principales referentes mediáticos del oficialismo aseguran que le mienten en la cara al primer mandatario.
El escenario se vuelve aún más hostil para las autoridades nacionales con la homilía de monseñor Jorge Ignacio García Cuerva, quien preparó un duro sermón contra la intolerancia oficial. Aunque la Casa Rosada intenta escudarse en las dudosas estadísticas del Indec, las máximas autoridades de la Conferencia Episcopal ya salieron a cruzar los datos oficiales alertando por el alarmante deterioro económico de la clase media.
La obligada foto de familia con la que el oficialismo pretende calmar las aguas no hace más que confirmar el estado de debilidad política de una gestión que, tras los cantos oficiales en el Cabildo, deberá encerrarse en una reunión de urgencia para evitar que el pacto de poder se termine de romper en pedazos.
