El cantante rosarino provocó el abandono masivo de espectadores en el Movistar Arena tras obligarlos a escuchar veinticinco canciones desconocidas antes de tocar sus grandes clásicos.
La paciencia de la audiencia tiene un límite claro y el artista rosarino lo cruzó por completo en su última presentación. La decisión unilateral de interpretar de principio a fin su reciente y experimental ópera rock transformó lo que debía ser una fiesta musical en un escenario de abucheos, silbidos y retiradas anticipadas en medio de la noche.
El escándalo escaló rápidamente en las plataformas digitales debido al retraso en el inicio del espectáculo y la falta de consideración hacia las familias que viajaron desde distintas localidades del interior de la provincia de Buenos Aires. Los asistentes manifestaron su indignación al encontrarse con pantallas abstractas que impedían ver al músico mientras sonaban temas ajenos al repertorio popular por el que pagaron costosas entradas.
Lejos de mostrar autocrítica por el fiasco organizativo, el cantante redobló la apuesta y desafió a los espectadores desde el escenario exigiéndoles que cantaran tras haber silbado. La provocación continuó al día siguiente en sus redes sociales oficiales, donde calificó el tenso cruce con el público como una pelea callejera y reposteó mensajes que tildaban de estúpidos a quienes no disfrutaron de su extenso capricho artístico.
El descargo del músico, quien justificó el polémico listado de temas como parte de la despedida de su anterior material antes del lanzamiento de su nuevo álbum, encendió todavía más el debate sobre el respeto que merecen los espectadores que financian los espectáculos masivos.
La controversia sobre los límites del ego de los artistas consagrados frente al derecho del público que paga su entrada permanece abierta y promete sumar nuevos capítulos en las próximas fechas programadas.
