27 septiembre, 2026
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Las Fuerzas Armadas de Estados Unidos atraviesan una doble disputa: mientras Donald Trump concentra recursos militares en el conflicto con Irán, Pete Hegseth impulsa una profunda reorganización dentro del Pentágono que ya provocó enfrentamientos, desplazamientos y renuncias entre altos funcionarios.

Las Fuerzas Armadas de Estados Unidos atraviesan un momento de fuerte tensión por dos conflictos que avanzan en paralelo. Por un lado, el presidente Donald Trump intenta arrebatarle a Irán el control del estrecho de Ormuz, en una nueva etapa de una guerra que permanece estancada en el Golfo y que está obligando a movilizar tropas y equipamiento estadounidense desde distintas partes del mundo.

Al mismo tiempo, dentro del propio Pentágono se desarrolla una disputa de carácter cultural y político. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, lleva adelante la reorganización que había prometido para las Fuerzas Armadas, un proceso que generó fuertes enfrentamientos internos y una sucesión de renuncias, entre ellas la del máximo funcionario civil del Ejército estadounidense la semana pasada.

La situación abrió interrogantes que podrían marcar el legado del segundo mandato de Trump. Entre ellos, si los cambios están llevando a las Fuerzas Armadas estadounidenses a una situación capaz de comprometer la seguridad global y si la transformación impulsada por Hegseth está debilitando la extensa red de alianzas internacionales de Washington.

La renuncia que volvió a exponer la interna del Pentágono

La semana pasada se produjo una de las noticias más relevantes dentro del Pentágono: Dan Driscoll, uno de los funcionarios políticos de mayor jerarquía, dejó su cargo como secretario del Ejército de Estados Unidos.

Aunque Driscoll no es una figura ampliamente conocida fuera de los ámbitos vinculados con la defensa, su salida tuvo una importancia significativa. Su renuncia representó un nuevo capítulo dentro de la disputa de poder que se desarrolla en el Pentágono por el futuro de una de las fuerzas militares más poderosas del mundo.

Driscoll había mantenido varios enfrentamientos con Hegseth en torno a la naturaleza y la velocidad que debía tener la reforma militar. Su partida se produjo después de una larga serie de destituciones y desplazamientos de altos funcionarios impulsados por el secretario de Defensa.

La preocupación por el rumbo adoptado por el Pentágono quedó reflejada en las declaraciones del senador republicano Thom Tillis, uno de los críticos frecuentes de Trump, quien directamente pidió que Hegseth fuera despedido.

“Nunca había presenciado una gestión tan inepta de los valientes hombres y mujeres que sirven a nuestro país”, sostuvo.

También se pronunció H.R. McMaster, quien fue asesor de Seguridad Nacional de Trump durante su primer mandato. Consultado por CBS sobre la salida de Driscoll, afirmó: “Estas no son buenas noticias. Ya saben, para nuestra nación, para el ejército”.

McMaster destacó además que el secretario saliente estaba impulsando “una agenda de modernización para poner al ejército al día”.

Los motivos que rodearon la renuncia de Driscoll pusieron de manifiesto una preocupación más profunda relacionada con la preparación del Ejército estadounidense. El funcionario defendía una modernización urgente que incluyera la incorporación de drones en todas las formaciones militares regulares, con el objetivo de adaptar a las tropas a las características de las guerras del siglo XXI.

Driscoll había señalado que el conflicto en Ucrania evidenció la transformación del campo de batalla. Los drones de bajo costo y los sistemas antimisiles representan nuevos desafíos para las Fuerzas Armadas estadounidenses, que cuentan con una enorme estructura burocrática y procesos de adquisición costosos.

Paradójicamente, Hegseth había impulsado buena parte de ese programa de modernización, pero posteriormente entró en conflicto con Driscoll y, según distintos informes, también con otros funcionarios que defendían una implementación rápida de esos cambios.

Una fuente cercana a la salida de Driscoll señaló la semana pasada que el funcionario había expresado dentro de la administración su preocupación por la preparación y la transformación del Ejército. Según esa versión, Driscoll consideraba que Hegseth estaba “bloqueando” el proceso, especialmente mediante el despido de los generales que estaban a cargo de esa transformación.

Jon Duffy, capitán retirado de la Armada y exfuncionario de política de defensa de la Casa Blanca, consideró que la renuncia demostraba hasta qué punto Hegseth había “vaciado” el liderazgo militar en un momento especialmente delicado.

“Si se pierde al secretario [del ejército], al jefe del Estado Mayor y a otros altos mandos que impulsan la modernización, se genera mucha incertidumbre y se interrumpe el impulso”, afirmó.

Y agregó: “Esa incertidumbre en los niveles de liderazgo tiene repercusiones en las fuerzas armadas”.

Duffy tuvo una carrera de 30 años, durante la cual comandó buques de guerra estadounidenses, antes de incorporarse a la Casa Blanca durante la segunda administración de Barack Obama.

La batalla cultural impulsada por Hegseth

Mientras avanzaba la reorganización, Hegseth concentró buena parte de su discurso público en promover un cambio cultural dentro de las Fuerzas Armadas estadounidenses.

El secretario de Defensa prometió terminar con lo que define como iniciativas “progresistas” y eliminar las reglas de enfrentamiento “estúpidas” que, según su visión, restringían la “letalidad” de los combatientes.

En ese marco, eliminó programas de diversidad, prohibió las barbas y cuestionó públicamente la presencia de “generales obesos en los pasillos del Pentágono”.

También destituyó o desplazó a altos responsables del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, además de al menos dos docenas de generales, almirantes y funcionarios civiles de Defensa. Entre ellos se encontraban algunos de los oficiales más condecorados de las Fuerzas Armadas estadounidenses y, en numerosos casos, los cambios se produjeron con pocas explicaciones públicas.

Uno de los críticos llegó a comparar esta transformación de la cúpula militar con las purgas políticas impulsadas por el presidente chino Xi Jinping dentro de las Fuerzas Armadas de China, que, según esa mirada, provocaron graves deficiencias en la estructura de mando y en la preparación militar.

Michael Schiffer, exalto funcionario del Pentágono que estuvo a cargo de temas de Asia Oriental entre 2009 y 2012 durante la presidencia de Obama, habló con la BBC sobre la situación.

“Nosotros también hemos estado llevando a cabo una purga militar, y eso tiene efectos reales en la capacidad de nuestras fuerzas armadas para cumplir con sus responsabilidades”, afirmó.

Schiffer sostuvo además que la forma en que Hegseth está realizando los cambios implica “un riesgo enorme sin ninguna manera aparente de poder abordarlo o mitigarlo”. Actualmente, es investigador principal del Center for American Progress.

Ante las críticas, el vicepresidente JD Vance defendió a Hegseth cuando fue consultado la semana pasada por la salida de Driscoll. Dijo estar “totalmente de acuerdo” con la necesidad de impulsar un cambio cultural, después de lo que describió como cuatro décadas de guerras perdidas y “desaventuras militares”.

“Lo que Pete quería hacer al llegar era revivir el espíritu guerrero en los Estados Unidos de América”, afirmó Vance.

La Casa Blanca también respaldó públicamente al secretario de Defensa. En un comunicado enviado a la BBC, sostuvo que Trump tiene “plena confianza en el secretario Hegseth y en todo el Departamento de Guerra”, y destacó el historial de éxitos que, según el Gobierno, tuvieron las operaciones Epic Fury, Absolute Resolve y Midnight Hammer.

Trump mantuvo su respaldo a Hegseth incluso durante controversias como el denominado Signalgate. En una entrevista telefónica con NBC News realizada el mes pasado, el presidente lo describió como “en realidad, uno de mis mejores [colaboradores]”.

Por su parte, Ezra Cohen, exsubsecretario de Defensa durante el primer mandato de Trump, describió las reformas impulsadas por Hegseth como una iniciativa que “aporta nuevas ideas y una actitud más progresista”.

Sin embargo, las fricciones dentro de la conducción militar y el estancamiento de la guerra con Irán volvieron a instalar dudas sobre el futuro de las Fuerzas Armadas estadounidenses en un momento especialmente sensible.

El impacto sobre la presencia militar estadounidense en Europa

La decisión de Trump de ordenar ataques contra Irán el 28 de febrero provocó durante los meses siguientes una importante redistribución de los recursos militares estadounidenses a nivel mundial.

Armamento que Estados Unidos tenía almacenado en Europa y Asia fue trasladado para reforzar las reservas disponibles en el Golfo Pérsico.

Para Liana Fix, profesora y especialista radicada en Alemania del Council on Foreign Relations, Europa está sufriendo consecuencias importantes como resultado de esa estrategia.

Según Fix, la falta de comunicación de la administración Trump con sus aliados europeos y de la OTAN antes del ataque contra Irán dejó las relaciones en una situación delicada. También aceleró una decisión estratégica que ya estaba en marcha para trasladar parte de los recursos militares estadounidenses fuera de Europa, especialmente a partir de las críticas de Trump hacia sus aliados europeos por considerar que no lo ayudaban lo suficiente.

En ese contexto, Fix sostuvo que el presidente ruso Vladimir Putin intensificó los denominados ataques “híbridos”, que incluyen drones armados y actos de sabotaje contra países de la OTAN como Alemania. Rusia niega haber realizado esas acciones.

“Lo que [Putin] ve no es una postura unificada de Estados Unidos y los europeos para aumentar aún más la presión sobre Rusia… ve que se están debilitando, que hay puntos débiles y vulnerabilidades en Europa”, explicó Fix a la BBC.

El mes pasado, el director de la CIA, John Ratcliffe, realizó una inusual visita a Moscú. Según trascendió, durante ese viaje advirtió al Kremlin que no pusiera a prueba la determinación de la OTAN.

Al mismo tiempo, Elbridge Colby, uno de los principales funcionarios de Hegseth en el Pentágono, se encontraba en Europa presionando a los gobiernos para que incrementaran sus propias inversiones en defensa.

Washington había anunciado una reducción de 5.000 soldados sobre un total de 40.000 tropas estadounidenses estacionadas en Alemania. También abandonó un plan impulsado durante la administración Biden para desplegar en territorio alemán un batallón estadounidense equipado con misiles Tomahawk de largo alcance.

La reducción de la presencia militar en Europa responde a una estrategia de la administración Trump que ya había sido planteada antes del comienzo de la guerra con Irán. Esa estrategia considera que el Pacífico y la competencia entre Washington y China constituyen el principal desafío para la seguridad nacional estadounidense.

Sin embargo, aunque las consecuencias del conflicto con Irán aumentaron la irritación de Trump con Europa y aceleraron algunos movimientos destinados a reducir la presencia militar estadounidense en ese continente, los recursos tampoco se trasladaron inmediatamente hacia el Pacífico.

De hecho, Estados Unidos también retiró recursos de esa región. Algunos de sus portaaviones fueron enviados desde el Pacífico hacia el Golfo, entre ellos el USS Abraham Lincoln y posteriormente el USS George Washington, que tiene base en Japón.

Las reservas de armas, otro motivo de preocupación

La guerra también habría generado un fuerte desgaste sobre las reservas estadounidenses de municiones consideradas críticas.

De acuerdo con el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), con sede en Washington D.C., Estados Unidos utilizó aproximadamente un tercio de sus 3.000 misiles de ataque Tomahawk.

El consumo de municiones destinadas a la defensa aérea habría sido incluso mayor. Según el CSIS, se dispararon casi 1.500 interceptores Patriot, utilizados para derribar aviones y misiles balísticos y de crucero, sobre una reserva estimada en alrededor de 2.300 unidades.

Desde la Casa Blanca rechazaron las versiones que ponen en duda la capacidad militar estadounidense. Anna Kelly, subsecretaria principal de prensa, afirmó que el “poder militar” de Estados Unidos era “más fuerte que nunca”.

“Las Fuerzas Armadas de Estados Unidos cuentan con municiones y reservas más que suficientes para cumplir todos los objetivos estratégicos del Comandante en Jefe, e incluso superarlos”, aseguró.

En paralelo, Ezra Cohen, exfuncionario de Defensa de Trump y actualmente integrante del Instituto Hudson, sostuvo que el presidente había minimizado la amenaza militar convencional procedente de Irán.

Según Cohen, los grupos vinculados con Irán se encuentran más debilitados que nunca y fueron completamente destruidos en distintos lugares. A partir de esa situación, consideró que “el presidente ahora cuenta con opciones y fuerzas adicionales en la región para atacar otros objetivos iraníes, incluidos objetivos nucleares, a su antojo”.

Los ataques, por lo tanto, podrían repetirse.

Miles de soldados estadounidenses, entre ellos integrantes de la 82.ª División Aerotransportada, fueron enviados a Medio Oriente hace más de seis meses. El despliegue está previsto hasta 2027, mientras todavía no aparece un horizonte claro para el final del conflicto.

La situación también fue aprovechada por Irán dentro de su propia estrategia de comunicación. La semana pasada, el régimen difundió imágenes del USS Abraham Lincoln cuando atracó en Tailandia con el casco oxidado después de nueve meses de intensa actividad en alta mar en el Golfo.

Las autoridades iraníes intentaron presentar esas imágenes como una muestra del fracaso de los esfuerzos militares estadounidenses.

Hegseth, por su parte, rechazó con firmeza las acusaciones sobre las supuestas malas condiciones del buque.

La disputa alrededor de esas imágenes refleja una batalla paralela de narrativas que se suma a los problemas militares y políticos. Trump y Hegseth buscan transformar el Pentágono al mismo tiempo que Estados Unidos sostiene una guerra prolongada y costosa, con recursos desplegados en distintos puntos del mundo y una creciente disputa interna sobre el rumbo que debe tomar la fuerza militar estadounidense.

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